UNA NUEVA ETAPA
Ángel León: «Yo creía que sabía del mar y no tengo ni idea»
El chef de Aponiente conversa con Javi Antoja, de Montagud Editores, sobre el momento en que se descubrió cansado de la gastronomía y necesitó volver a sentir miedo para recuperar la ilusión
Antonio Colsa (@elquillodecadiz)
El programa de Auténtica anunciaba para este martes una charla sobre «La nueva era de Aponiente». Lo que hubo en el escenario de Sevilla fue bastante más que la presentación de una nueva etapa de un restaurante. Hubo mar, claro, y marisma, mareas, salinas ... y una lista bastante larga de errores cometidos intentando devolver la vida a un ecosistema.
Pero apareció también Andalucía, apareció Dani García, hubo un viaje hasta Ciudad del Cabo y, en la parte final, un cocinero hablando de su equipo, de su mujer y de aquel momento, hace unos tres años, en el que miraba la gastronomía y ya no encontraba la ilusión.
Quizá porque la nueva era de Aponiente sea también la nueva etapa de un hombre que lleva media vida buscando respuestas en el océano y que parece haber recuperado la ilusión justo cuando ha vuelto a tener preguntas.
Una marisma para volver a aprender
Buena parte de esas preguntas empieza justo delante del molino de El Puerto de Santa María. El terreno que rodea Aponiente había llegado a ser, en sus propias palabras, «un vertedero». La idea fue restaurarlo: devolverle el agua, recuperar la salina y dejar que el ecosistema volviera a generar vida hasta poder criar allí doradas, lubinas, robalos o camarones. Porque las salinas no fueron nunca solo lugares donde obtener sal. Quienes trabajaban en ellas descubrieron con el tiempo que aquel movimiento y aquella concentración del agua daban también de comer.
Y ahí empezaron los tropiezos. «Nos hemos equivocado muchas veces con la marea», reconoció. No basta con saber a qué hora sube o baja el agua. Puede hacer un día precioso en El Puerto mientras llueve en la Sierra de Cádiz, y esa agua dulce acaba llegando a los esteros y alterando unas condiciones que parecían controladas. Importa la temperatura del agua, que en agosto no es la que uno imagina; importa la salinidad, el momento exacto en que entra la marea, la alimentación de los peces y hasta el estrés que sufren cuando se les molesta demasiados días a la semana.
Habló de todo ello con la fascinación de quien descubre un mundo que creía dominar, y con una confesión que terminó atravesando toda la charla: que después de media vida mirando al mar, había descubierto que no tenía ni idea. Esa experiencia le ha cambiado además la forma de mirar a otros productores. Ahora entiende, dijo, lo que significa para un agricultor perder una cosecha o para quien cría animales ver desaparecer el trabajo de meses. Producir no consiste en decidir cuánto se quiere obtener. La naturaleza tiene sus propios tiempos y hay que aprender a aceptarlos.
«Creo que el futuro va a ser del agua»
De aquella marisma concreta la conversación saltó a una cuestión mucho mayor. Mientras el ser humano sueña con ir a Marte, seguimos sin conocer buena parte de lo que ocurre en un planeta que es sobre todo agua. «Creo que el futuro va a ser del agua», afirmó. «Ahí tendremos que buscar».
Cada vez somos más personas y seguimos exigiendo a la tierra que produzca más y durante más tiempo, acostumbrados a encontrar cualquier alimento en cualquier momento, al margen de su ciclo natural. El mar obliga a hacerse otras preguntas. Un pez necesita tiempo para crecer y no todos los sistemas respetan los mismos ritmos. Puso como ejemplo las doradas de la marisma: pueden necesitar alrededor de tres años y medio para alcanzar el desarrollo buscado, muy por encima de los tiempos habituales de otros sistemas de producción. Acelerar los procesos no significa necesariamente obtener algo mejor. «Producir pescado no es fácil», resumió, y habló del trabajo de empresas del entorno de Barbate que llevan años intentando hacerlo de otra manera.
Llegó a plantear incluso una idea antigua: ir a la pescadería y comer lo que toca, lo que el mar ofrece en cada momento, y no exigirle permanentemente que produzca a nuestra medida. En Aponiente esa filosofía tiene hoy un momento casi ritual. Los clientes bajan a la marisma, escuchan el agua, huelen el fango y ven cómo se sacan los animales que después comerán. Se les pregunta si quieren presenciar el sacrificio del pez mediante el ikejime, una técnica japonesa que busca provocar una muerte rápida, reducir al mínimo el sufrimiento del animal y preservar mejor la calidad de su carne. Hay quien no quiere mirar, y él lo entiende. Pero considera importante que quien se sienta a su mesa sepa de dónde procede aquello que va a comer.
Dani García y el día en que Andalucía empezó a creer
La charla llegó también a Andalucía y al momento que vive su gastronomía: cada vez más talento, más gente formándose y una cantera que considera de presente y de futuro. Pero antes hubo que creer que aquello era posible. Durante años, explicó, los cocineros andaluces trabajaban mirando hacia otro lado, hacia el norte, como si los referentes tuvieran que estar siempre fuera.
En ese punto apareció Dani García. Fue quien «rompió el hielo», quien demostró que desde Andalucía se podía construir un proyecto ambicioso sin pedir permiso a nadie. «Después de Dani parecía que nosotros también teníamos cosas que contar».
La reflexión iba mucho más allá de restaurantes y estrellas. Hablaba de confianza. De dejar de intentar parecernos a otros y empezar a reconocer lo que tenemos alrededor. Porque León ve un peligro en una gastronomía cada vez más global, donde uno puede viajar miles de kilómetros y terminar encontrando lugares demasiado parecidos entre sí, una estética que se repite sin que exista necesariamente una identidad detrás. Andalucía tiene la suya. Y Cádiz también: una manera de vivir, de recibir y de relacionarse con quien entra por la puerta. «En Cádiz tenemos una manera distinta de relacionarnos con nuestros clientes y eso no lo quiero cambiar». Aponiente podrá transformarse y su cocina evolucionar, pero esa forma gaditana de tratar a la gente no la toca.
Porque el restaurante, explicó, no se entiende sin quienes lo hacen posible, y esa gente es de aquí. En Aponiente el cliente puede encontrarse con el pescador que ha sacado el pez del estero esa misma mañana, con el biólogo que le explica qué está viendo y por qué, y con el camarero que finalmente se lo sirve. Tres personas, un mismo producto y una misma forma de contarlo. Sin guion ni impostura, con la naturalidad de quien habla de su casa. Aquello, dijo, genera algo maravilloso que no está en el plato.
Y ahí aparece lo que más quiere proteger: la manera gaditana de servir. Esa simpatía que no se aprende en ninguna escuela de hostelería, la broma en el momento justo, la cercanía sin ceremonias, la sensación de estar en una casa en la que uno se lo va a pasar bien y no en un templo donde hay que guardar silencio. La vida le enseñó hace tiempo que quien llega a un restaurante de este nivel viene también con sus problemas, sus prisas y sus expectativas. Si consiguen que durante unas horas se olvide de todo eso, ya ha valido la pena. Esa forma de sentir, de vivir y de tratar a quien se sienta a la mesa es quizá lo más gaditano que tiene Aponiente. Y es también algo de lo que se llevó a Sudáfrica.
Sudáfrica: encontrar Cádiz a diez mil kilómetros
Quizá por eso se entiende mejor una decisión que a primera vista sorprende. Su primer proyecto internacional no está en Nueva York ni en ninguna de las grandes capitales que durante años llamaron a su puerta. Nueva York, confesó, no le atrae. Amura abrió a finales de 2025 en el histórico hotel Mount Nelson de Ciudad del Cabo, y escuchándole quedó claro que la explicación tiene mucho que ver con el Atlántico.
En Sudáfrica encontró otro océano. Más frío, «frío, frío, frío», repitió entre risas, con otras especies y otro paisaje, pero un mar que de alguna manera podía empezar a comprender desde Cádiz. Y encontró también un lugar prácticamente virgen para la propuesta que él quería desarrollar, con un litoral que todavía tenía muchas cosas que contar.
Amura no pretende ser Aponiente trasladado al hemisferio sur. Ha significado empezar de cero: conocer productos distintos, formar un equipo fundamentalmente local y buscar incluso a personas que venían de oficios ligados al producto, carniceros o pescaderos, para enseñarles después una determinada manera de cocinar. Otra vez aprender, otra vez empezar.
Pero habló tanto del agua como de las personas. Contó cómo le reciben bailando. Habló de la alegría, de la familia, de la convivencia y de cómo allí esos valores pesan más que lo material. También de la dignidad con la que la gente afronta contextos difíciles. Y todo aquello le recordaba a algo. «Es como Cádiz». A veces hay que viajar diez mil kilómetros para descubrir cuánto se parece otro lugar a tu propia casa.
Cuando dejó de sentir ilusión
El momento que mejor explica esta nueva etapa llegó cuando la conversación entró en un terreno mucho más personal. Hace unos tres años, antes de toda esta revolución, León atravesó un momento complicado. Miraba la gastronomía y ya no la veía con ilusión. «Estaba emborrachado de gastronomía», admitió. «Estaba cansado de tener que estar». De la presión, de la exposición, de estar permanentemente pendiente de todo después de tantos años de carrera.
La marisma terminó siendo parte de la respuesta. «Ha sido un renacimiento». Volver a sentir miedo. Volver a sentarse delante de un problema sin conocer la solución. Incluso recuperar esa ansiedad que acompaña a los comienzos, cuando uno todavía no sabe cómo va a salir aquello. Después de tantos años construyendo Aponiente, volvía de alguna manera a sentirse como alguien que empieza. Y lo que podría parecer incómodo le devolvió la ilusión.
Para mantener viva esa búsqueda habló de su equipo, de su «tripulación», y utilizó una palabra importante: admiración. Necesita rodearse de gente capaz de sorprenderle, que un día llegue con un ingrediente, una técnica o una idea que él desconoce y vuelva a despertar su curiosidad. Aponiente hace tiempo que dejó de poder explicarse solo a través de su nombre. Se hace, dijo, «preguntas incómodas» y se las traslada a su equipo, aunque a veces sea el propio equipo quien le obligue a poner los pies en el suelo.
Y en medio de ese cocinero que se define por la inquietud apareció su contrapunto.
Su mujer.
Habló de ella desde la diferencia, de dos personalidades muy distintas. Él necesita moverse, viajar, imaginar proyectos y meterse en problemas que todavía no sabe resolver. Ella representa otra manera de mirar la vida, y él reconoce que necesitaba aprender también a mirarla así. Escuchándole, esa diferencia no parecía una distancia. Parecía un equilibrio. Durante unos minutos desaparecieron el cocinero de las tres estrellas Michelin, el investigador del océano y el personaje público.
Quedó simplemente Ángel. El que cuenta que su hijo pequeño le pide ir a pescar. Y al que ahora le toca aprender a esperar.
Tal vez por eso «La nueva era de Aponiente» terminó siendo una conversación sobre volver a empezar. Sobre mirar Andalucía sin complejos. Sobre descubrir Cádiz a diez mil kilómetros de Cádiz. Sobre rodearse de personas a las que admirar. Sobre aceptar que quien tienes al lado puede mirar la vida de una manera completamente distinta a la tuya. Y sobre comprender que la naturaleza tiene sus tiempos, aunque uno lleve toda una vida intentando conocerlos.
Ángel León lleva prácticamente toda su trayectoria mirando al océano. Lo ha convertido en cocina, investigación y discurso. Y ahora, cuando podría parecer que debería tener muchas más respuestas que preguntas, una marisma le ha obligado a empezar otra vez.
A observar. A equivocarse. A esperar.
Por eso la frase que mejor resume su conversación con Javi Antoja en Auténtica no fue una afirmación sobre todo lo que sabe del mar. Fue exactamente lo contrario:
«Yo creía que sabía del mar y no tengo ni idea».