Opinión
La paciencia que nos queda
Como el equipo que consigue el ascenso para regresar al lugar que le corresponde, necesitaremos pausa y cabeza para construir un proyecto que nos devuelva a ser una nación de primera
Cádiz
Este artículo nacía en su origen de un símil futbolístico que iba a ir por otra banda. La idea era hablar de cómo el votante que quiere un cambio en España exige, por lo general, al principal partido de la oposición que juegue con una ... presión muy alta e intentando llegar a todos los balones frente al Gobierno, aunque corra el riesgo de desfondarse. Y como esta semana ya se han mezclado el fútbol y la política, dejaremos esta idea en el banquillo y sacaremos al campo otra versión.
Cada vez más, incluso en su propio entorno, se intuye que este Gobierno juega ya los minutos de descuento. Eso no significa que, aunque vaya perdiendo, no pueda darnos algún susto antes del pitido final con alguna jugarreta. Pero si el partido termina como muchos tenemos en mente y siguiendo la lógica de lo que hemos visto hasta ahora, es decir, con la derrota de quienes lucen la camiseta del Gobierno actual, habrá que pensar en el siguiente partido: el de la reconstrucción de España.
Gran parte del español con ganas de cambio asume que, como ocurrió tras Zapatero, el país se encontrará metido en algún que otro lío económico, hasta ahora oculto, como las joyas del expresidente. Es decir, las arcas públicas estarán peor de lo que pensamos. Sin embargo, esta vez habrá con seguridad otras dos realidades mucho más deterioradas.
La primera es la convivencia entre los españoles. Zapatero comenzó a romper el clima de cordialidad —aunque se discrepara en las ideas— que España había construido tras la Transición. Manipuló determinados asuntos para dividir, polarizar y obtener rédito político. «Nos interesa que haya tensión», confesaba. Sánchez presionó aquella herida para que sangrara de nuevo, hurgó en ella y ha conseguido que se infecte.
La crisis provocada en Ceuta sintetiza esta división. Una mayoría se pronunció hace unas semanas en las plazas de los ayuntamientos de casi toda España. Sin embargo, el comportamiento del Gobierno con Juan Vivas es un ejemplo más de quienes han hecho de cada reto político una oportunidad para distorsionar la realidad e imponer un relato que destruya al contrario.
El segundo deterioro es el de los servicios y a muchas políticas que van más allá de la economía, aunque dependan parcialmente de ella. También tenían carencias con Zapatero, pero el país no estaba tan reventado como nos lo encontrarmos ahora. Ceuta vuelve a ser un faro que alumbra nuestro preocupante futuro: cosas que deberíamos dar por hecho —el control de las fronteras o poder andar con seguridad por las calles de tu ciudad— pueden diluirse de la noche a la mañana. Igual que cosas tan básicas como montarnos en un tren y saber cuándo llegaremos, o no sufrir un apagón sin saber qué ha ocurrido.
En la provincia, este deterioro lo conocemos bien. Esta semana, un tren de Madrid a Cádiz tardó casi nueve horas. A eso se suman nuestras carreteras, las inversiones pendientes y cuánto se ha degenerado durante estos años. El reto para que todo vuelva a la normalidad va a ser gigante.
Por eso, nos tocará tener paciencia. Como el equipo que consigue el ascenso para regresar al lugar que le corresponde, necesitaremos pausa y cabeza para construir un proyecto que nos devuelva a ser un país de primera. Como dirían algunos ilustres de este deporte, «estamos en la UVI», pero saldremos de ella.