Las cosinas de León
La tarusa, el deporte de toda la vida que volvió para quedarse
Desde la Federación de Deportes Autóctonos admiten que su continuidad estuvo en peligro pero que ahora «han vuelto con fuerza y además para quedarse»
Quizás estos deportes no son llamativos como el fútbol o el baloncesto porque no hay grandes gradas, ni marcadores luminosos, ni, sobre todo, una liturgia ... deportiva pensada principalmente para el espectáculo. Aquí se conforman con un terreno de tierra, una pieza de madera bien colocada y unos tejos de hierro que los jugadores lanzan desde varios metros con el objetivo de derribar el blanco.
Y sí, hablamos de la tarusa, uno de esos juegos tradicionales que quizás no lo conozca todo el mundo porque han sobrevivido lejos del ruido, sostenidos mayoritariamente por la memoria de los pueblos y por quienes siguen acudiendo a los concursos cada verano.
Las bases del juego
Sobre la dinámica de este juego, Emilio Fernández, secretario de la Federación de Deportes Autóctonos, explica que «el juego de la tarusa consiste en tirar unos chanflos, o tejos, o tostones, que es como se denominan las piezas de hierro, para derribar a la tarusa o pieza de madera».
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A pesar de la sencillez aparente del juego, lanzar un elemento con la finalidad de darle a otro, esconde una reglamentación muy concreta en función de la categoría. En sénior, los jugadores de categoría A lanzan desde 19 metros y los de categoría B desde 18. A partir de ahí, las medidas se adaptan en función de la edad. Juveniles, cadetes, infantiles, alevines y benjamines compiten desde distancias menores y con piezas de hierro más ligeras. En los adultos, el tejo –elemento que se lanza- ronda los 600 gramos, un peso suficiente para exigir fuerza, control y puntería.
El buen lanzamiento no depende únicamente de acertar de forma directa. En determinados terrenos, especialmente cuando la superficie es lisa, el tejo «puede buscar el blanco casi pegado al suelo». Ese tiro bajo, calculado para que la pieza avance hasta impactar contra la tarusa, forma parte de la técnica del juego. No se trata solo de lanzar fuerte, sino de leer el terreno. «Aquí vale que le dé antes al suelo; la cosa es que le dé el impacto», precisa Fernández.
En competición, el formato puede variar según la participación y el número de canchas disponibles. Lo habitual es que cada jugador realice 32 lanzamientos, aunque en algunos concursos se reparten las tiradas entre varias pistas. La organización depende del volumen de inscritos, una circunstancia frecuente en las citas estivales de los pueblos, donde estos juegos mantienen una presencia más visible que en la capital.
Las zonas más arraigadas
Su arraigo en León se localiza especialmente en zonas rurales del sureste y centro-sur de la provincia. Emilio Fernández sitúa su práctica tradicional en un territorio que va desde el entorno de Sahagún y Valencia de Don Juan hasta áreas próximas a Villamañán. Allí se han celebrado y se siguen celebrando concursos, sobre todo durante el verano, coincidiendo con las fiestas locales y los momentos de mayor vida en los pueblos. «Aquí en León se conoce de siempre, de toda la vida», resume.
En este juego, resalta que recibe otros nombres en Castilla y León. Es decir, a pesar de ser una misma práctica, o muy similar, se llama de diferentes maneras. En Valladolid se conoce como tanga; en Burgos, como tanguilla; y en Salamanca, como chito.
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La Federación de Deportes Autóctonos defiende, sin embargo, la denominación leonesa de tarusa. Emilio Fernández vincula el uso de la palabra tejo con «el árbol presente en la montaña leonesa» y con antiguos usos «asociados a su toxicidad». Según explica, sus componentes se habrían empleado «en otros tiempos para impregnar flechas como arma arrojadiza», una relación simbólica con el gesto del lanzamiento que todavía está presente en el juego.
La continuidad de la tarusa no siempre estuvo asegurada. Como otros juegos tradicionales, atravesó etapas de retroceso, especialmente cuando «las reuniones quedaron limitadas y muchas prácticas populares perdieron espacio». Con el tiempo, regresó a los calendarios de concursos y a la actividad federativa hasta que hoy, según el secretario de la Federación, es una de las modalidades con más presencia dentro de los deportes autóctonos, especialmente en provincias como Valladolid, Burgos o Segovia. «Volvieron, han vuelto con fuerza y además para quedarse», afirma, algo llamativo en este tipo de contextos.
El desafío pendiente, en todo caso, está en los jóvenes. La transmisión ya no puede depender solo de la costumbre familiar o de las fiestas del pueblo, sino que necesita entrar en colegios, exhibiciones y actividades de promoción, algo que está implementando poco a poco desde la Federación .