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Los Alpes se derrumban por el calentamiento global

La desaparición del permafrost, un 'pegamento' natural, explica buena parte de unas avalanchas de rocas cada vez más frecuentes

Jon Garay y Gonzalo de las Heras (Gráficos)

A algo más de 3.300 metros de altura, Javi González pide al grupo de nueve personas que guía que nos pongamos los crampones, esa especie de suela con puntas de acero que permite caminar sobre la nieve endurecida. O sobre el hielo, como en este caso. Acabamos de salir del refugio del Teodulo, en la frontera entre Italia y Suiza, y nos encontramos al borde mismo del glaciar que da nombre al albergue de montaña. Esta gran masa de hielo nace en las proximidades del colosal Breithorn (4.164 metros) y se deja caer en dirección a Zermatt, un enclave suizo de ensueño desde donde se puede contemplar la inconfundible silueta del Matterhorn, el Cervino de los italianos.

El descenso puede hacerse por dos vías. La primera, más directa, por la derecha de la estación de esquí de Trockener Steg. A la izquierda, el camino permite ver de cerca la mole del Matterhorn. Lo que se observa es una montaña tan afilada que se desmorona. Es algo que está ocurriendo en los Alpes, donde las avalanchas ya no son solo de nieve. También se vienen abajo las rocas, amenazando a los montañeros. Tres han muerto este verano por este motivo. El peligro va más allá y alcanza a las poblaciones que se asientan en el fondo de los valles. El año pasado, un glaciar se derrumbó provocando una avalancha de hielo, barro y derrubios que sepultó gran parte del pueblo de Blatten, en el cantón del Valais, algo similar a la tragedia ocurrida en Nepal. La rápida evacuación evitó que las consecuencias fueran más allá de los daños materiales. No fue así en 1987, cuando fallecieron 43 personas víctimas de un gigantesco corrimiento de tierra que enterró la localidad italiana de Valtelina.

«Este año está fatal, mucho peor que en los anteriores», insiste González, madrileño de 26 años que ha pasado los cuatro últimos veranos recorriendo los macizos de Monte Rosa, Mont Blanc y Gran Paradiso, tres de los más importantes de la cordillera. El 15 de julio murieron dos alpinistas checos en el Mont Blanc por la caída de rocas y el 13 de agosto pereció por el mismo motivo un aspirante a guía francés de 26 años en la Aiguille du Génépi (3.263 metros), una cima situada también en el macizo de la cima más elevada de Europa occidental. La primera de estas fatalidades ocurrió en el Grand Couloir o corredor del Goûter, el punto de paso más delicado de una de las rutas más habituales para coronar el Mont Blanc.

La 'bolera' del Mont Blanc

Ocurre que en esta zona son frecuentes los desprendimientos de piedras, lo que hace que atravesar sus 150 metros de ancho se convierta en un macabro juego de bolos. No en vano, se conoce a este comprometido paso como 'la bolera'. Lo que se suele hacer para minimizar los riesgos es atravesarlo a primera hora de la mañana o directamente por la noche, cuando las temperaturas son más bajas y menor el riesgo de caída de piedras. Hasta aquí la teoría. Lo llamativo del caso es que los dos montañeros centroeuropeos perecieron a las 2.30 de la madrugada. En el caso de la tercera de las víctimas, el suceso es revelador porque demuestra que los problemas ya no se dan solo en 'la bolera'. Estas muertes han obligado a cerrar esta vía de acceso al Mont Blanc hasta esta misma semana. Antes, a principios del verano, otros siete montañeros habían fallecido en diversos accidentes concentrados en un único fin de semana.

Extensión del permafrost alpino

60 km

Múnich

ALEMANIA

AUSTRIA

Innsbruck

SUIZA

Ginebra

ITALIA

FRANCIA

Milán

Turín

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«La causa es la desaparición del permafrost. En general ocurre en el mundo entero», continúa explicándonos el guía. «El permafrost es una condición de suelo, roca o sedimentos que permanece congelada a temperaturas inferiores a los cero grados durante al menos dos años consecutivos. El más conocido es el que se encuentra en Siberia, Canadá… En este caso se trata del tipo alpino o de pared, que afecta a la roca», apunta el geógrafo Eñaut Izagirre. «Estas rocas están fracturadas. Lo que sucede es que a partir de determinada altura, el agua que puede encontrarse en esas fracturas –diaclasas, en términos técnicos– se congela y actúa como una especie de pegamento. Cuando se descongela en verano y se congela en invierno, la roca queda más quebradiza. La degradación del permafrost explica buena parte de los desprendimientos de rocas cada vez más frecuentes y peligrosos para los montañeros», añade el experto vasco. Resulta significativo que este pasado jueves esa temperatura de cero grados en el Cervino se situara a 4.429 metros, a poco más de 200 metros de su cima.

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El agua ocupa las grietas entre las rocas. Puede ser agua de lluvia, o proceder de una capa de nieve que se funda.
Cuando ese agua se congela, se expande (el hielo ocupa un volumen un 9% mayor que el agua líquida) y hace de cuña, ensanchando las grietas.
Las rocas pueden desprenderse por causa del efecto expansivo de hielo, o pueden hacerlo más adelante cuando el hielo vuelva a fundirse y, en lugar de actuar como pegamento entre las rocas se conviertan en lubricante que facilita el deslizamiento de las piedras.

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Esta degradación afecta también a los glaciares, otro factor agravante. Basta un dato: el volumen de los existentes en Suiza se ha reducido en casi un 40% desde el año 2000. «Si a nivel global las temperaturas suben aproximadamente 1,5 grados en promedio, en la alta montaña alcanza los 2 o 3 grados. Esto provoca que se fundan los glaciares y ese pegamento invisible. Cuando los glaciares retroceden, las paredes de los circos en los que se encuentran se 'relajan'. A ello se le suman las olas de calor y las lluvias torrenciales, que son una especie de gatillo para los desprendimientos violentos de rocas», detalla Izagirre.

Regresión del glaciar de Argentière

2010

Imagen después - Los Alpes se derrumban por el calentamiento global

1890

Imagen antes - Los Alpes se derrumban por el calentamiento global

Lo confirma desde Suiza el profesor Markus Stoffel, director de la cátedra de Investigación sobre Riesgos en la Montaña de la Universidad de Ginebra, creada este mismo año. «La ola de calor de este verano y las temperaturas elevadas están provocando el deshielo del permafrost en paredes rocosas y depósitos de derrubios no consolidados en mayor medida de lo habitual. El calor puede penetrar a mayor profundidad. Esto significa que el hielo, que actúa como un agente aglutinante, se funde más, por lo que las masas rocosas pierden su sujeción y ceden a la fuerza de la gravedad. Asimismo, la fusión del hielo permite que el agua de deshielo se infiltre y ejerza presión en grietas y fisuras, lo que incrementa la inestabilidad».

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Cae cada año y se funde a final de temporada

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Es la parte que se hiela y deshiela cada año

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Siempre congelado: en torno a los tres metros de profundidad

Cae cada año y se funde a final de temporada

Es la parte que se hiela y deshiela cada año

Siempre congelado: en torno a los tres metros de profundidad

Cae cada año y se funde a final de temporada

Es la parte que se hiela y deshiela cada año

Siempre congelado: en torno a los tres metros de profundidad

Cae cada año y se funde a final de temporada

Es la parte que se hiela y deshiela cada año

Siempre congelado: en torno a los tres metros de profundidad

450 desprendimientos

El problema de estas caídas de rocas va mucho más allá de cerrar rutas de acceso a las montañas. Como queda dicho, el año pasado una de estas grandes masas de hielo se desplomó enterrando la localidad de Blatten. En el verano de 2024, varias tormentas provocaron enormes desprendimientos. Stoffel dirige un equipo de investigación que trabaja para comprender mejor cómo el cambio climático está modificando los flujos de derrubios y cómo se pueden reducir los riesgos.

Este geólogo publicó en 2024 un estudio en la revista 'Nature Geoscience' en el que analizó los desprendimientos de rocas ocurridos entre 1920 y 2020 en una zona de los Alpes suizos. Estudió los anillos de los árboles situados en las laderas de las montañas del lugar –cuando las piedras desprendidas golpean a los árboles, estos buscan 'cicatrizar' las heridas, lo que deja marcas en sus anillos– y detectaron «un aumento inicial en los desprendimientos de rocas ocurrió a finales de la década de 1940 y principios de la de 1950 después del calentamiento de principios del siglo XX. A partir de mediados de la década de 1980, la actividad alcanzó niveles nuevos y hasta entonces sin precedentes».

Límite del permafrost

Zona nival

Zona alpina

Musgos y líquenes

Prados

Sur

Norte

3.000 m

2.800 m

2.500 m

2.300 m

1.900 m

1.700 m

1.100 m

800 m

Zona subalpina

Coníferas

Zona de monte

Bosque mixto

Zonas inferiores

Bosque de caducifolias

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Zona nival

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Musgos y líquenes

Prados

Sur

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3.000 m

2.800 m

2.500 m

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Orientación Sur

Orientación Norte

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Musgos y líquenes

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Zona alpina

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Prados alpinos

2.500 m

Zona subalpina

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Bosques de coníferas

Zona de monte

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Bosque mixto

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Zonas inferiores

Bosque de caducifolias

fuente: CREA Mont-Blanc

Orientación Sur

Orientación Norte

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Musgos y líquenes

3.000 m

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Prados alpinos

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Zona subalpina

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Bosques de coníferas

Zona de monte

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Bosque mixto

Zonas inferiores

800 m

Bosque de caducifolias

fuente: CREA Mont-Blanc

En lo que va de año se han registrado 450 desprendimientos, según datos publicados por Euronews. Son 150 más que los registrados en 2022. «Los desprendimientos que afectan a los asentamientos no han supuesto un problema grave en lo que va de verano. Las zonas de permafrost desde las que los desprendimientos pueden afectar a las poblaciones son menos frecuentes de lo que se podría pensar y los habitantes conocen bien las zonas de riesgo. En Suiza, el riesgo afecta principalmente a los excursionistas y escaladores que se adentran en entornos de alta montaña en esta época», apunta el experto helvético.

Encaminados ya hacia Zermatt, el majestuoso Matternhorn queda cada vez más lejos. Las nubes se han apoderado de la cima, anunciando la tormenta que se aproxima. «El Cervino no se derrumbará. Es muy posible que se produzcan desprendimientos de rocas, pero un colapso total está totalmente descartado. Quienes corremos peligro somos nosotros, los seres humanos, si intentamos escalar estas montañas durante olas de calor», afirma Stoffel. Apenas unos días después de pasar por allí se produjo una avalancha de rocas que obligó a cerrar el acceso desde la vertiente italiana.

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