Una tumba 'antivampírica' para que no reviva una joven de 17 años
Una hoz en la garganta para que no moviera la cabeza y un candado en el pie se relacionan con el temor al regreso del difunto en la Europa del s.XVII, según un estudio arqueológico
Madrid
Enterrada a unos 35 centímetros de profundidad, en un cementerio que no aparece en los mapas ni en las escrituras antiguas, una chica adolescente infundía ... el miedo después de su muerte. Los pobladores de Pień, en Polonia, le colocaron un gran candado triangular en el dedo gordo del pie izquierdo y, tiempo después, profanaron la tumba para añadir una «gran hoz elíptica con la hoja apuntando hacia la garganta», refiere un estudio recién publicado por el Instituto de Arqueología de la Universidad Nicolás Copérnico de Toruń, en el que se investiga el misterio de la «tumba 75» y el contexto social en el que sucedió este «enterramiento antivampiro» del siglo XVII.
«Una tumba antivampírica -es decir, antidemoníaca, que incorpora prácticas protectoras- puede definirse, por lo tanto, como cualquier tumba en la que se observaron acciones relacionadas con los rituales funerarios que no son típicas de un grupo humano. Estas acciones tenían como objetivo eliminar la supuesta amenaza que el difunto representaba para los miembros vivos», explican los autores de 'Un entierro singular y atípico de una mujer joven adulta en un cementerio del siglo XVII en Pień, centro-norte de Polonia. Un enfoque multidisciplinario'. Ella, enterrada sin nombre, sin escritura, sin lápida, tenía entre 17 y 19 años, lo que se concluye por el «grado de maduración esquelética y el desarrollo del tercer molar».
En este caso concreto, en el que se desconoce aún la causa de la muerte, la joven «probablemente infundía temor en el momento de su entierro debido a un candado en el dedo gordo de su pie izquierdo. Además, su tumba fue sometida a una segunda inhumación, presumiblemente para reforzar su seguridad añadiendo una hoz alrededor del cuello», indican los investigadores, encabezados por el arqueólogo Dariusz Poliński. El objetivo era proteger a los vivos de unos muertos peligrosos, a los que se culpaba de enfermedades, hambrunas y otras desgracias.
Se busca restringir un posible regreso al mundo de los vivos y la interacción entre ambos reinos
En Europa central y sudoriental se creía que suicidas, herejes, extranjeros, vagabundos, personas fallecidas trágicamente, ahogados, mujeres que morían en el parto, huérfanos y niños no bautizados podían convertirse en vampiros o demonios. En el cementerio de Pień, que ahora está parcialmente cubierto de bosque, hay «decenas de entierros atípicos». «Es probable que sea protestante debido a la ausencia total de objetos devocionales (cruces y medallas), característicos de los católicos», dicen sobre este lugar de unos mil metros cuadrados, donde había una centena de sepulturas posmedievales dispersos por una deshonrosa «tierra no consagrada».
El candado y la hoz indican «el temor al regreso del difunto (tanatofobia)», mantienen los investigadores. «Esta práctica podría interpretarse como un intento de limitar simbólicamente la capacidad de acción del difunto tras su muerte, restringiendo así su posible regreso al mundo de los vivos y la interacción entre ambos reinos».
Análisis exhaustivo
Del ajuar destaca el candado de «cuerpo triangular» estaba abierto, «probablemente debido a daños en el mecanismo», y consta de grillete, abrazadera con guía, refuerzo de tiras soldadas, resorte y orificio para manivela con un eje. Mientras, la hoz «es un ejemplar grande y elíptico, con una hoja de filo dentado», indica el artículo. «La hoja curva de 36 cm de longitud está doblada en un ángulo similar al de una rodilla en la sección adyacente al mango para su fijación».
Resulta rara la coexistencia de dos medidas apotropaicas, una hoz y un candado, en una misma tumba
Los científicos analizaron el cadáver y su sepulcro con técnicas de ADN antiguo, isotópico, decoloración en los fragmentos óseos, espectrómetro de rayos X de energía dispersiva, fluorescencia de rayos X y datación por radiocarbono, entre otras. Se cree que la mujer fue enterrada en un ataúd y que la cabeza yacía en una almohada. Aparte de los objetos de hierro para someter al vampiro, tenía un tocado de seda en la cabeza y el rostro. Estas telas tenían hilos de plata y oro, lo que determina que provenía de una clase alta dentro de esa sociedad eslava. «En el siglo XVII, diversos tipos de adornos estaban muy de moda, como se puede apreciar en los retratos de la época: galones, cintas, cordones y encajes se utilizaban para decorar la ropa en cortes, costuras y bordes», indica el artículo publicado en 'Journal of Archaeological Science: Reports'.
También se infiere el alto estatus familiar debido a que la dieta contenía proteína animal. Genéticamente tenía ascendencia escandinava, lo que pudo influir en el temor que infundía tras su deceso, por ser de un origen extranjero, aunque no se ha podido determinar si era primera o posterior generación de migrantes. Otros factores que consideraban terroríficos en la época podrían ser la edad al morir, posibles circunstancias violentas o inusuales que rodearon su muerte, enfermedades, comportamiento social y cuestiones «no visibles arqueológicamente». La «rara coexistencia de dos medidas apotropaicas, una hoz y un candado, en una misma tumba» y la lejanía de la tumba ilustran la superstición de la época en Europa y lo arraigada que estaba la creencia en vampiros.